Mi encuentro con el yoga fue a los 32 años y me enamoré de la práctica casi de inmediato; sentí una conexión profunda e inefable. En casi 20 años de camino, mi devoción y curiosidad me han llevado por un viaje de sanación tanto hacia mi interior como al extranjero.
Mi práctica es diversa y dinámica. Honro tanto la tradición budista de la Meditación de Atención Plena y la tradición celta —por su conexión con la naturaleza y su sentir antiguo— como el movimiento consciente en Hatha, Yin, Yoga Restaurativo y Terapéutico.
Reconozco la respiración como una base sencilla y noble para conectar con nosotros mismos y con todos los seres vivos. La respiración nos recuerda que no hay jerarquías: todos somos humanos y merecemos ser tratados con dignidad. El yoga nos recuerda esa unión; la meditación, la bondad natural que habita en cada corazón.
Soy arquitecta y yogui. Mi vida me ha dado la oportunidad de ser mamá, esposa, amiga, tía, abuela, terapeuta de masaje tailandés y reiki master. Habitar este rango de distintos roles me brinda la empatía y compasión necesarias para apoyar a mis alumnos tal como son y donde están.
Creo firmemente que los espacios que nos rodean —edificios, jardines, el cielo, mar y la tierra— son tan importantes para nuestro bienestar físico y espiritual como el espacio que ocupamos en nuestra propia mente. Por eso, en 2023, me mudé a Cob Casita, un refugio en una ladera desértica. Vivir sin conexión a la red eléctrica, rodeada de silencio, pájaros y el cambio de las estaciones, es fundamental para mi práctica. Conectar con esta quietud es, para mí, un despertar continuo de los sentidos y una profundización en la presencia corporal.